Le dan 15 años de prisión por matar al amante equivocado de su esposo

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Por aquellos días, Alfredo Misael Galeano (39) andaba callado y nervioso, algo fuera de lo común en él. Se la pasaba mirando el celular a cada rato, como si esperara un mensaje o un llamado que nunca llegaba, y había cambiado algunas conductas. Le había comentado a su esposa que quería tomar clases de defensa personal y, de repente, había empezado a insistirle para acompañarla a la parada cuando iba a tomar el colectivo. Esto era algo inusual ya que, según explicaría la mujer, su relación de pareja ya hacía tiempo que estaba muy desgastada. Un mes antes él había empezado a buscar una casa para mudarse, pero ella lo había desalentado y le había planteado la idea de separarse. Las cosas entre ellos no andaban bien y su sospecha era que podía estarle siendo infiel, aunque nunca le había encontrado nada comprometedor.

Desde hacía un tiempo Alfredo trabajaba como fotógrafo en la noche de su ciudad, La Plata. Solía moverse entre el bar “La Queimada”, la parrilla “Mi Cuñado” y el boliche “Cocodrilo”, además de cubrir eventos privados y hacer books de modelos. Según quienes más lo conocían, en esa época había empezado a cambiar. Su hermano Leandro se había encontrado escuchándolo narrar historias de levantes nocturnos y relaciones pasajeras, cosa que él le había reprochado. “No lo puedo controlar”, había sido su respuesta. Su amigo Christian, con quien tenía una relación tan estrecha que hasta enviaban a los chicos al mismo colegio, lo había sentido alejarse a medida que trabajaba más y más en la noche. Ante sus anécdotas de conquistas, le había pedido más de una vez que tuviera cuidado con los maridos de las chicas. El novio de una joven de Lanús, con la cual se había enganchado fuerte, había llegado a amenazarlo, lo que había preocupado a todo su entorno.

Pero él, fachero y ganador, tranquilizaba a todos. Les decía que a las chicas las contactaba por un Facebook alternativo, “no oficial”, y les mostraba sus fotos y los chats que mantenía. Le encantaba la adrenalina, les explicaba, y se sentía un tipo fuerte para afrontar lo que viniera. De hecho, se la pasaba haciendo deporte y cuidando su imagen. Sin embargo, hacia el final, cada vez se lo veía más agobiado.

El día en el que iban a asesinarlo, 10 de junio de 2014, almorzó con su esposa pero su tensión sólo parecía haberse acentuado. Ella lo atribuyó al estrés, pero empezó a sospechar que algo más le ocurría. A la tarde fueron al cine Rocha y él se la pasó mirando el celular durante toda la función, más preocupado que nunca. En un momento le dijo que a la noche tenía que ir a llevarle unos CDs con fotos a una clienta y discutieron fuerte, porque a ella le entraron sospechas; no lo había visto agarrar los supuestos CDs y tampoco le había mostrado ningún trabajo, como solía hacer. Al final acordaron ir a cenar, pero acabó siendo mala idea. Tenso, él se mostró apurado por terminar rápido, pese a que eran apenas las nueve de la noche, y no paró de repetir que iba a llegar tarde. Apenas pagaron la cuenta, la llevó de regreso a su casa de calle 37 y 4. Antes de seguir camino, se bajó para abrazar a la menor de sus dos hijas, que tenía 9 años.

-Te quiero mucho y siempre te voy a llevar en el corazón. Cuidá a tu mamá, le dijo.

Se subió a su Chevrolet Astra azul y se fue. Volvió a las dos horas, sobre las once de la noche. Estacionó frente a su casa y se bajó. Cuatro balazos sonaron a sus espaldas un instante más tarde. Uno le dio en la cintura y otro, el letal, le entró por el parietal derecho. El asesino se fue sin robarle nada. Ni su billetera, ni su celular, ni sus llaves. Estaba claro que el botín que había ido a buscar era su vida.

Sus amigos se convencieron rápido de que lo había matado algún marido despechado. Christian, por ejemplo, pensó de inmediato que era “un vuelto por como se manejaba”.

Alfredo, sin embargo, no había mentido con lo de la cita con la clienta. Jimena se presentó ante la Justicia y contó que, tiempo antes, había conocido a Alfredo en el bar “Imperio” mientras sacaba fotos y que durante un tiempo habían tenido una relación. Luego se habían dejado y recién se habían vuelto a ver cuando su hija cumplió 15 años y ella decidió contratarlo para que hiciera las fotos de la fiesta. Aquella noche del final, declaró la mujer, el fotógrafo fue a llevarle el material a su casa cerca de las diez menos cuarto. Miraron el video, tomaron una cerveza con su hermano y una hora después se despidieron.

No iba por ahí la cosa.

Apenas 15 días antes del día en el que lo asesinaron, el 20 mayo de 2014, en otro punto de La Plata un biólogo llamado Hugo Castillo (56) confrontó a su mujer, Marcela (45), y le dijo que había descubierto que esa misma mañana ella se había mandado 20 mensajes con un amante. “Vamos a buscarlo. Si voy solo es para caga…”, la intimó.

Marcela aceptó ir, pero llevó con ella a su hijo. Así llegaron hasta una casa, donde tocaron el timbre. Eran las 16.30 y les abrió una mujer. El biólogo le preguntó por su marido y le escupió ahí mismo que éste y su propia esposa eran amantes, mientras le indicaba que estaba armado y le pedía permiso para entrar. La dueña de casa, obvio, les abrió.

-Si lo encuentro a su marido le pego un tiro, le anticipó Castillo.

La hija del aludido intervino en la conversación y le pidió al biólogo que por favor no lo hiciera, que no quería quedarse sin papá. La esposa le dijo que no creía en nada de lo que decía y convocó por teléfono a su esposo. El hombre por fin llegó e intentó explicar él sólo era amigo de su mujer, que la había conocido cuando ambos salían a correr por la rambla de la calle 72.

-No mientan, están juntos, se metió el hijo de la supuesta amante, Marcela.

La mujer también negó la relación y el incidente quedó allí.

Pero no.

Varias semanas después del crimen de Alfredo, gracias al entrecruzamiento de sus llamados, los investigadores determinaron que tenía relaciones con dos mujeres casadas, que estaban por separarse. A una de ellas, la tenía agendada como “Marcelo gobernación”.

“Existe un cruzamiento fluido de llamados”, diría el informe de los peritos. Nada menos que 120 en un mes.

Era Marcela, la mujer del biólogo, que trabajaba en la Gobernación bonaerense. La Policía la fue a ver y ella le contó que recién acababa de separarse de su marido, que estaban en plena discusión por las cosas que ella todavía tenía en la casa, que él no aceptaba el divorcio y que era una persona muy celosa.

De Alfredo dijo que lo había conocido por Facebook, que habían tenido un encuentro en un bar céntrico y que desde entonces se habían enviado sólo algunos mensajes. Después, afirmó, se habían encontrado por segunda vez en la rambla de la calle 72 mientras corrían y habían ido a una zona del bosque en el auto de él. Pero no habían vuelto a verse.

-Sos una calienta braguetas, se habría quejado el fotógrafo, según Marcela.

Su marido, sin embargo, sólo se enteraría de la primera parte de la historia.

Por esos días, una mujer llamó al despacho de la Fiscalía que investigaba el crimen y pidió aportar datos “sobre lo del fotógrafo”. Le ofrecieron declarar bajo reserva de identidad pero, por temor, se negó. Sólo aceptó contar por teléfono que conocía a un biólogo llamado Hugo Castillo que, semanas antes del crimen de Alfredo, había comentado en una reunión: “Si aparece un fotógrafo muerto, fui yo”. Según contó, había agregado que, ante la cruel sospecha de que su mujer le era infiel, había contratado a un investigador privado que había descubierto que el fotógrafo que habían contratado para sacarle unas fotos a su hija se había convertido en el amante de su mujer.

El sufrimiento es una eternidad y aquel hombre quería ponerle punto final.

Trabajaba en el Ministerio de Asuntos Agrarios de la provincia de Buenos Aires. Los investigadores interrogaron a sus compañeros de trabajo y se encontraron con un festival de testimonios. Uno dijo que lo habían visto muy nervioso, hablando todo el día por teléfono. Otro, que había pedido unos días de permiso laboral para la época del crimen. Un tercero, que le había mostrado un arma que tenía en el coche, que le había dicho que sabía que “su mujer lo estaba cagando” y que hasta le había pedido su celular para hacer llamados a teléfonos que tenía anotados en un papel y que, confesaba, había sacado de la agenda de su esposa. Ese número aparecería en los registros del aparato de Alfredo.

Varios coincidieron en que sabían que Castillo había ido a increpar a supuestos amantes de su mujer.

-Si aparece un fotógrafo muerto, fui yo, lo escucharon repetir. El fótografo finalmente apareció muerto, la última noche en la que se comunicó por teléfono con Marcela.

Castillo fue condenado ahora a 15 años de prisión por el homicidio simple agravado de Alfredo. Su celular fue ubicado a la hora del crimen en el lugar del crimen.

A su ex mujer le abrieron una causa por falso testimonio, ya que siempre negó haber tenido una relación con la víctima. Hoy, de hecho, vive con aquel hombre a cuya casa fue obligada a ir a punta de pistola por el biólogo para desmentir su relación con él.
fuente: contexto

El Siglo Web

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Redacción de El Siglo Web - Independencia en casa - AÑO 2017

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