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Por Sergio Federovisky (*)
UNIDAD
17/07/2012 10:38 PM | La presidenta Cristina exhibió su reciente divorcio político de Hugo Moyano -a quien, no hace falta aclarar, consideraba el puntal del movimiento obrero organizado- mediante un encuentro con los sindicalistas que se paran en la vereda de enfrente del camionero. Estos sindicalistas son conocidos como “los gordos”, no específicamente como descripción de su circunstancial exceso de peso, sino como referencia a una modalidad muy poco delicada de tejer alianzas. Llamativamente, “los gordos” son los mismos que la actual presidenta Cristina y su marido, el entonces presidente Néstor Kirchner, combatieron y consideraron cómplices de la entrega ejecutada por Carlos Menem -otro enemigo convertido en aliado “circunstancial”- en la década del 90.
Moyano, en cambio, pasó de ser el líder que acompañaba el modelo progresista luego de haberse opuesto a la ola privatizadora a ubicarse actualmente en el rol de enemigo público número uno, sin que se sepa a ciencia cierta cuáles eran los méritos para el endiosamiento anterior y cuáles las miserias para la animadversión actual.
Pero aparece el problema de que cuando alguien se pelea con un aliado, la calidad de sus nuevos compañeros de ruta pasa a estar sobre el tapete. En ese sentido, resulta complicado para la presidenta explicar que sus sindicalistas de referencia pasan a ser aquellos que viven atornillados a un sillón desde hace décadas. Y que sus principales referentes son, por ejemplo, Oscar Lescano, acompañante funcional de la privatización de las empresas eléctricas durante los noventa, o Antonio Caló, que desde la UOM miraba con escasa oposición el desguace de Somisa, con el costo laboral de miles de empleados echados a la calle. O Gerardo Martínez, con su delicada historia de vínculos con la dictadura militar. O Armando Cavalieri, líder de los desmemoriados que no recordaban los atropellos de la dictadura y la complicidad de los sindicatos para la eliminación literal de las comisiones internas combativas. O Andrés Rodríguez, que desde el complaciente sindicato de UPCN, nacido para situarse a la derecha sindical de ATE, cortejó todos y cada uno de los mecanismos de flexibilización laboral del menemismo, al punto que hoy el Estado -en todos sus niveles- es el empleador más fuera de las normas gremiales que existe (contrata en negro, ostenta contratos basura, paga aumentos no remunerativos, etcétera).
Ante esos nuevos compañeritos, los mismos que eran considerados el demonio cuando el kirchnerismo debía dibujar un relato nacional, popular y progresista del modelo, la presidenta expuso, como una ironía, su anhelo de que el movimiento obrero se encuentre unido.
Divide y reinarás
Curiosa posición la del peronismo, aupado en su monopolio de representante único del movimiento obrero organizado. Resulta que, excepto en los momentos de férrea conducción en manos del ideario del movimiento peronista, el propio Perón, siempre se suceden fracturas y quiebres en la representación del movimiento obrero. A tal punto que, en la actualidad y mientras la presidenta proclama su deseo de unidad, es el propio gobierno el que alentó sin disimulos las fracturas que condujeron a que hoy existan cinco centrales sindicales.
El ejemplo más lamentable en ese sentido es el de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), que pese a la afinidad inicial de sus dirigentes -Víctor De Genaro, Pablo Micheli- con el kirchnerismo naciente, nunca obtuvo la personería legal que viene reclamando desde que comenzó su batalla contra la entrega del Estado por parte de Carlos Menem. Seguramente, el propio Kirchner, a pesar de su proclamada proximidad con la CTA, temió que en el momento en que su gobierno tuviera que ajustar ante el fin de la bonanza y el viento de cola, sus aliados seguirían aferrados a sus principios y no acompañarían su viraje alejándose del progresismo. Por eso, sólo reconoció a la CTA cuando se fracturó con denuncias de fraude y quedó del lado del oficialismo acrítico la versión que comanda el dirigente docente Hugo Yasky, capaz de justificar cualquier pirueta del kirchnerismo con tal de no perder su pequeña posición de poder.
El mismo elemento flexible es el que explica la cercanía impensada con los gordos. Son justamente dirigentes forjados en un material sumamente maleable y que, gracias a algún combustible siempre bien suministrado por parte del gobierno de turno, son capaces de convertirse oficialistas de quien sea necesario. En este caso, Cavalieri y compañía pasaron a defender al gobierno que hasta hace poco acusaban de traidor al peronismo.
Unidad, pidió la presidenta al tiempo que su ministro de Trabajo, Carlos Tomada, impugnaba el congreso de la CGT -al que antes visitaba para abrazarse con Moyano- para impedir una nueva unción del dirigente camionero.
Extraña forma de definir la división que, como bien se sabe, es necesaria para reinar.
(*) Coordinador editor








