En una conferencia de prensa cargada de tensión, enojo y respuestas a la defensiva, Manuel Adorni volvió a quedar en el centro de la polémica y terminó profundizando el desgaste político del Gobierno de Javier Milei. El jefe de Gabinete y vocero presidencial intentó defenderse de las denuncias y cuestionamientos por sus viajes, los gastos familiares y su patrimonio, pero lejos de despejar dudas, dejó una frase que encendió todavía más la controversia: “Con mi plata hago lo que quiero”.
La escena se dio este miércoles en Casa Rosada, donde Adorni habló durante más de media hora, aunque en rigor respondió apenas un puñado de preguntas y evitó entrar de lleno en los puntos más sensibles que hoy lo rodean. El funcionario llegó golpeado por varias revelaciones vinculadas al viaje de su esposa, Bettina Julieta Angeletti, en el avión presidencial rumbo a Nueva York, por los vuelos de ida y vuelta a Punta del Este con su familia y por los interrogantes en torno a cómo fueron financiados esos movimientos.
Desde el arranque, eligió una estrategia de repliegue. Leyó un descargo preparado y sostuvo que no iba a dar demasiadas precisiones porque hay una investigación judicial en curso y, según dijo, no quiere “entorpecer” ese proceso. Sin embargo, a medida que avanzó la conferencia, el tono fue subiendo y la postura inicial de prudencia se transformó en una defensa cada vez más áspera, con reproches a periodistas, acusaciones de operación política y respuestas cargadas de fastidio.
Adorni aseguró que no tiene nada que esconder y afirmó que todo su patrimonio fue construido durante sus 25 años de actividad en el sector privado. También sostuvo que sus bienes están debidamente declarados y que cualquier sospecha puede revisarse en su declaración jurada. Pero el problema político ya no pasa sólo por la legalidad de lo declarado, sino por la imagen que deja un funcionario obligado a justificar viajes, gastos y privilegios en medio de un Gobierno que hizo del ajuste, la austeridad y la supuesta superioridad moral una bandera permanente.
La frase más explosiva llegó cuando intentó justificar el uso de su dinero y responder a las críticas sobre sus movimientos personales. “Con mi plata hago lo que quiero”, lanzó, con una mezcla de soberbia, irritación y desprecio por el costo político que podía tener semejante definición. En un Gobierno que exige sacrificios permanentes, licúa salarios, ajusta jubilaciones y pide paciencia social mientras predica austeridad, la expresión cayó como un mazazo.
Lejos de calmar el escenario, Adorni además buscó victimizarse y encuadró todo el escándalo como parte de una maniobra coordinada para dañar al oficialismo. Según su versión, no se trata de hechos aislados ni de preguntas legítimas, sino de una “operación política y mediática” contra el Gobierno, en la que él sería apenas uno más de los apuntados. Esa línea argumental ya es una marca registrada del mileísmo: ante cada crisis, en lugar de dar explicaciones de fondo, se denuncia una conspiración, una embestida o un ataque del sistema.
Sobre el viaje a Punta del Este, el funcionario insistió en que se trató de unas vacaciones familiares con sus hijos menores de edad y se mostró particularmente molesto por la difusión de imágenes y detalles del episodio. Dijo que él pagó su parte, que el tema ya fue aclarado y que no piensa seguir justificando una decisión de índole privada. Incluso redobló la apuesta y dejó entrever que volvería a hacerlo si así lo quisiera. El mensaje fue claro: no se arrepiente de nada y no piensa cambiar su postura.
Uno de los momentos más incómodos de la conferencia llegó cuando se enfrentó cara a cara con uno de los periodistas presentes. Ahí dejó otra frase de alto voltaje político. “Sos apenas un periodista, no un juez”, disparó, antes de cuestionar la legitimidad de las preguntas y acusar al periodismo de mentir sobre su situación. También reclamó disculpas públicas por publicaciones que, según él, difundieron falsedades sobre la supuesta falta de respaldo político que tendría dentro del oficialismo.
Ese tramo de la conferencia expuso algo más profundo que una simple pelea con la prensa. Mostró el nivel de irritación de un Gobierno que empieza a reaccionar con cada vez menos margen frente a los cuestionamientos, especialmente cuando las denuncias rozan a figuras de su propio núcleo. Lo que se vio no fue a un funcionario sólido aclarando dudas, sino a un vocero a la defensiva, molesto, con dificultades para sostener el discurso de transparencia que el mileísmo suele exigirle al resto.
La conferencia terminó de manera abrupta y con un clima todavía más enrarecido del que había al inicio. Si el objetivo era desactivar la polémica, el resultado fue exactamente el contrario. Adorni no sólo no logró cerrar el tema, sino que dejó una imagen de nerviosismo, intolerancia y desconexión con el contexto social. En lugar de explicaciones claras, ofreció enojo. En lugar de transparencia, se refugió en tecnicismos judiciales. Y en lugar de bajar el tono, eligió una frase que lo perseguirá políticamente durante mucho tiempo.
En un momento delicado para la administración de Javier Milei, con la confianza pública erosionándose y con varios frentes abiertos, la escena de Adorni en Casa Rosada se transformó en mucho más que una conferencia incómoda. Fue otra postal del deterioro político de un Gobierno que llegó prometiendo ejemplaridad y hoy empieza a quedar atrapado por sus propias contradicciones.


