El Presidente marcó posición clara sobre la necesidad de liberar la inteligencia artificial. En este sentido, aseguró que el país está «abierto» para los negocios. No obstante especialistas advierten sobre los peligros de entregar datos de ciudadanos a empresas tecnologicas con fuertes inversiones en IA
El presidente Javier Milei volvió a involucrarse de lleno en el debate alrededor de la inteligencia artificial. A través de una columna escrita en el Financial Times – con colaboración del ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger – el mandatario afirmó que «la Argentina invita a la IA a liberarse».
El enfoque del líder libertario no es nuevo: si bien aboga por crear un «marco legal específico«, Milei coincide con la postura de grandes empresarios tecnológicos en que el desarrollo de la IA debe ser «libre de regulaciones excesivas para que pueda desarrollarse sin el peso de normas prematuras o mal comprendidas».
La posición de Argentina en el desarrollo de la IA, según Javier Milei
El argumento de Milei estuvo basado en un paralelismo entre el rol de los Países Bajos durante una etapa prematura del capitalismo y las primeros signos de la aparición de la Revolución Industrial.
«El 20 de marzo de 1602, la fundación de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales dio al mundo la sociedad de responsabilidad limitada y liberó todo el potencial del capitalismo. Solo cuando la ley puso un techo al riesgo, el capital pudo desplegarse con verdadera fuerza. La Revolución Industrial, que comenzó algunos años después, no fue completada únicamente por la ingeniería, sino también por el derecho corporativo neerlandés. La máquina y la entidad legal fueron, juntas, la doble hélice de la prosperidad moderna», detalló.
Con esto como idea central de su texto, el Presidente explicó: «Así como aquella revolución liberó a la humanidad de las limitaciones de la fuerza física, la inteligencia artificial nos liberará de las limitaciones del cerebro humano, impulsando la productividad más allá de lo que hoy imaginamos».
En esta línea – y con múltiples actores viendo los movimientos del líder libertario en esta materia – el jefe de Estado argentino defendió su postura y puso como ejemplo de abordaje el proyecto de ley de Super RIGI que impulsa el oficialismo. El mismo fue presentado al Congreso la semana pasada, que estipula «establecer un marco legal específico destinado al despliegue de inteligencia artificial».
Más allá de mantener la IA libre de regulaciones excesivas, Milei también destacó otros dos ejes principales: la creación de una nueva categoría societaria dentro del derecho argentino (la corporación no humana) y la disposición de un «entorno fiscal competitivo».
Sobre las categorías societarias, detalló: «Se trata de entidades operadas por agentes de IA o robots. Cuando estos sistemas ejercen criterios propios en entornos impredecibles —algo indispensable para que sean realmente útiles—, sus acciones implican riesgos concretos. La responsabilidad limitada no es un lujo para estas organizaciones; es una condición necesaria para su existencia. Los accionistas humanos podrán participar, aunque no será obligatorio».
En referencia al frente fiscal, el Presidente explicó que busca que las corporaciones accedan «a una baja tasa impositiva y sus accionistas podrán elegir el régimen de gobierno corporativo que prefieran. Los beneficiarios finales deberán ser identificados —Argentina no tiene interés en convertirse en un refugio para capitales ilícitos—, pero para cualquier actividad comercial legítima nuestro marco ofrecerá condiciones sin precedentes».
«Y esto también es, vale decirlo, una invitación», sentenció.
A modo de conclusión, el mandatario destacó: “La Argentina se transformó en los últimos dos años (…) Estamos abiertos al Negocio. Inspirados por los comerciantes holandeses que convirtieron a Ámsterdam en la capital financiera del siglo XVII, pretendemos ofrecer el entorno legal y fiscal más atractivo para las empresas de IA que definirán el siglo XXI“.
«Que Buenos Aires sea para la inteligencia artificial lo que Ámsterdam fue para la era de la navegación: el lugar donde la imaginación jurídica estuvo a la altura del momento tecnológico y cambió el mundo», concluyó.
El super RIGI y la relación con Silicon Valley
En detalle, el proyecto enviado al Palacio Legislativo crea el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones en Nuevas Industrias, un esquema que contempla beneficios tributarios, aduaneros, cambiarios y regulatorios para emprendimientos con inversiones superiores a los u$s1.000 millones.
Según el texto oficial, el objetivo es atraer proyectos de gran escala en actividades que actualmente no existen en el país o que todavía se encuentran en una etapa experimental o piloto.
En medio del debate, el Gobierno anunció la creación del Gemelo Social Digital.
Ministerio de Capital Humano
Entre los sectores mencionados aparecen la inteligencia artificial, los semiconductores, la biotecnología avanzada, la infraestructura digital estratégica, el hidrógeno, el gas natural licuado (GNL), los reactores nucleares modulares, las baterías de litio y distintas manufacturas tecnológicas.
La amplitud de las actividades alcanzadas despertó cuestionamientos de la oposición, que vinculó la iniciativa con un eventual desembarco de grandes empresas tecnológicas ligadas a la inteligencia artificial, el procesamiento masivo de datos y la industria de defensa. Desde el Gobierno rechazaron esa interpretación y aseguraron que el régimen no fue diseñado para beneficiar a compañías específicas, sino para promover sectores productivos que hoy tienen escaso o nulo desarrollo en la Argentina. “¿Por qué pensaríamos en una empresa en particular, cuando podría ser cualquiera?”, respondieron desde el Ejecutivo.
A ese contexto se sumó la visita a la Casa Rosada de Peter Thiel, fundador de Palantir, una de las compañías más influyentes del mundo en inteligencia artificial y análisis de datos para gobiernos y organismos de seguridad. El empresario mantuvo reuniones con Milei, el secretario de Finanzas Pablo Quirno, el ministro de Economía Luis Caputo, el viceministro José Luis Daza y el presidente del Banco Central, Santiago Bausili.
En paralelo, el Gobierno anunció la creación de un “Gemelo Digital Social”, una herramienta basada en simulaciones e inteligencia artificial destinada, según la explicación oficial, a optimizar políticas públicas y anticipar distintos escenarios sociales.
PELIGROS DE UNA IA SIN CONTROL Y REGULACIONES
Cuando la tecnología más avanzada del mundo depende del trabajo más invisible
La inteligencia artificial suele presentarse como el gran símbolo del progreso. Innovación, automatización, eficiencia. En ese relato aparecen nombres como Elon Musk, Sam Altman o Mark Zuckerberg, figuras que encarnan el futuro tecnológico. Pero hay otra historia, mucho menos visible, que sostiene todo ese avance.
Ahí aparece Milagros Miceli, socióloga e informática, reconocida por TIME como una de las personas más influyentes en inteligencia artificial. Su recorrido no sigue el guion habitual: antes de llegar a ese reconocimiento, vendía artesanías en la feria de San Telmo. Su trayectoria está marcada por esfuerzo, pero también por una mirada crítica que incomoda.
Porque mientras el mundo celebraba los avances de la IA, ella decidió hacerse una pregunta que pocos querían escuchar.
La pregunta incómoda
¿Quién hace posible la inteligencia artificial? Detrás de cada modelo, de cada respuesta automática, de cada sistema que parece funcionar solo, hay personas. Muchas más de las que imaginamos. Miceli decidió investigar justamente eso: la vida laboral de quienes producen, corrigen y sostienen los datos que alimentan estos sistemas.
Esa inquietud dio origen a Data Workers’ Inquiry, un proyecto inspirado en trabajos de Karl Marx, donde los propios trabajadores relatan sus condiciones. Lo que emerge no es una historia de progreso tecnológico, sino una trama de precariedad, invisibilidad y desigualdad.
La idea de que la inteligencia artificial “automatiza todo” empieza a desmoronarse rápidamente.
El trabajo que nadie ve
La IA no funciona sola. Nunca lo hizo. Detrás de su aparente autonomía hay millones de personas en todo el mundo que etiquetan datos, moderan contenido violento, corrigen errores y entrenan modelos lingüísticos. Son tareas repetitivas, exigentes y, muchas veces, emocionalmente desgastantes.
Quienes realizan este trabajo suelen enfrentarse a condiciones laborales frágiles: contratos inestables, pagos bajos y exposición constante a material perturbador. Sin embargo, su rol es fundamental. Sin ese trabajo invisible, los sistemas simplemente no funcionarían. Y aun así, casi nadie habla de ellos.
El problema no es el futuro
A diferencia de muchas narrativas que advierten sobre un futuro dominado por máquinas, Miceli pone el foco en el presente. Para ella, el mayor riesgo no es una rebelión de la inteligencia artificial, sino algo mucho más tangible: la concentración de poder en unas pocas empresas.
La IA ya está transformando el mundo, pero lo hace dentro de estructuras económicas que profundizan desigualdades existentes. El problema no es lo que podría pasar, sino lo que ya está pasando.
Ciencia, poder y desigualdad
En ese contexto, también surge una crítica más amplia. Mientras algunos países hablan de convertirse en polos tecnológicos, al mismo tiempo recortan inversión en ciencia. Esto genera una paradoja: se promueve la innovación, pero se debilitan las bases que la hacen posible.
El resultado es un sistema global donde ciertos países producen conocimiento, mientras otros quedan relegados a ofrecer mano de obra barata para tareas invisibles.
Romper mitos
Uno de los prejuicios más extendidos es que quienes realizan estos trabajos no están cualificados. Pero la realidad contradice esa idea. Muchas de estas personas tienen estudios superiores e incluso doctorados.
Aun así, terminan atrapadas en dinámicas laborales que recuerdan a la economía de plataformas, como ocurre con Amazon Mechanical Turk de Amazon. Se paga por tarea, no por tiempo; no hay estabilidad ni garantías. Un error puede significar no cobrar. Preguntar demasiado puede implicar quedar fuera del sistema.
En algunos casos, ni siquiera pueden contar lo que hacen. Los acuerdos de confidencialidad les impiden incluir esa experiencia en su currículum o hablar de sus condiciones laborales.
Es un trabajo que existe, pero al mismo tiempo permanece oculto.
La ilusión de la inteligencia artificial
La narrativa dominante presenta a la IA como una tecnología casi mágica, autónoma y poderosa. Pero esa imagen no es casual. Según Miceli, borrar el rastro humano es parte del relato.
Porque reconocer ese trabajo implicaría también reconocer las condiciones en las que se realiza. Y eso incomoda.
Mirar de frente
El aporte más importante de Milagros Miceli no está solo en sus investigaciones, sino en la forma en que redefine la conversación. Ha llevado estas discusiones a espacios como el Parlamento Europeo y el Senado de Estados Unidos, insistiendo en algo poco habitual: incluir a los propios trabajadores en esos debates.
Su enfoque recuerda que la ciencia no es neutral ni abstracta. Tiene consecuencias concretas en la vida de las personas. Y quizás ahí esté la clave.
Entender que la inteligencia artificial no es solo una cuestión tecnológica, sino profundamente humana. Que detrás de cada avance hay historias invisibles. Y que el verdadero desafío no es construir máquinas más inteligentes, sino sistemas más justos. Porque, al final, la pregunta no es qué puede hacer la IA. La pregunta es cómo —y a costa de quién— lo está haciendo.
FUENTE: AMBITO – https://farodigital.org/


