LA POSTDEMOCRACIA. O CUANDO LAS VICTIMAS VOTAN POR SUS VERDUGOS

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Sumario: 1. La paradoja. 2. De las tácticas que se usan para derrotar al campo popular. 3. Construyendo una base poco constructiva. 4. Los malditos Ingenieros y Ortega. 5. Nuestro yo idealista y nuestro yo mediocre: ¿a quién de ellos interpela Durán Barba? .6. Los aliados del cultivo de una mezquindad para que florezca un candidato mezquino. 7. Las respuestas populares a la política del marketing. 8. Y sin embargo, nuestra esperanza en la causa de los pueblos está intacta

1. La paradoja.

Maestros, empleados públicos, cuentapropistas, asalariados, profesionales independientes, jubilados, pensionados, pequeños empresarios, están siendo sometidos, en esta gestión de gobierno, al intento de aniquilación de sus paritarias. Al desprecio por rol. A una inflación imparable que carcome sus sueldos. A tarifazos. A aumentos de medicamentos. A licuación de sus jubilaciones. A revocación de sus pensiones. A la destrucción del mercado interno por pérdida del poder adquisitivo y la apertura de importaciones.

Para futuro, el gobierno les promete una precarización laboral a lo Brasil y una reforma previsional que les augura que tendrán que seguir trabajando hasta que el cuerpo les reviente.

Estas personas afectadas dejan ver, en cualquier sondeo o encuesta, que son muy conscientes que este es un gobierno de ricos, que gobierna para ricos y por los intereses de los ricos.

Pero…hace unos pocos días atrás, esta misma gente (así parece) les ha puesto el voto a esos ricos son tan crueles con ellos.

¿Cómo se explica?

Las opciones para resolver el enigma son acudir al mito de Sísifo, al corsi e ricorsi de Vico, al síndrome de Estocolmo o a la pulsión tanática del argentino. O su vocación por la queja que se busca un motivo para poder proferirla con razón. Quizá producto de la influencia cultural del tango o la vidalita.

Pero no. Tratemos de buscar no una respuesta, sino unas buenas preguntas. No solo para acercarnos a la comprensión del fenómeno, sino también para tener una mejor noción que prevenga a futuro la sangría por donde a las mayorías se les van los votos indispensables (las mayorías no tienen otra cosa que los votos, no son ellas las dueñas del poder económico) para defender un proyecto que las incluya.

Ya en los 90 el programa de vaciamiento, remate del patrimonio público, destrucción de la industria, endeudamiento, desempleo, renuncia a la soberanía y pobreza fue acompañado por el voto de las mayorías. Hasta que explotó en el 2001, fue así.

¿Es posible que los verdugos logren de nuevo que las victimas los elijan como conductores? Si. Es posible. Basta que los verdugos estudien cuales son las debilidades, miedos y prejuicios de las víctimas y los manipulen. No es todo. Los verdugos, además de su poderío material y organizacional, cuentan con la ventaja de que luego de años de estar sometiendo a sus víctimas, han logrado que estas terminen aceptando esta situación como la única posible. Y que hasta pasen a admirar e identificarse con sus verdugos.

Para conseguir su apoyo, los verdugos no apelan a la razón de las víctimas. Les alcanza con excitar su emoción. Con revolverles los prejuicios. Con despertarle los miedos. Con inocularles odios.

Vamos a ver que dice un consultor al que los verdugos recurren mucho: Jaime Durán Barba.

2. De las tácticas que se usan para derrotar al campo popular.

La idea de la posdemocracia, desarrollada por Colin Crouch, implica que los gobiernos se revalidan o se cambian por elecciones formales. Pero el debate electoral (que determina el voto) se reduce a un espectáculo montado por profesionales expertos en la técnica de la publicidad y la manipulación. Y el espectáculo tratará sobre cuestiones secundarias, mientras silencia las realmente importantes. Así el ciudadano queda reducido a un rol pasivo, opinando únicamente sobre los temas que se les pone adelante para opinar. Y la opinión que dará ya le viene pre formateada por el espectáculo.
La pregunta entonces es quien monta el espectáculo. La respuesta es que lo monta el único que tiene los recursos para hacerlo: el capital concentrado.
El “Arte de ganar: cómo usar el ataque en campañas electorales exitosas” es un libro de Jaime Duran Barba, uno de esos profesionales experto en la técnica de la publicidad y la manipulación. Puede caracterizarse como el monumento al cinismo, si. Pero también como una obra maestra de la eficacia instrumental para el corto plazo. Pruebas a la vista. No es un tratado del buen gobierno, sino un manual para ganar una elección. Para montar el espectáculo.

Se trata de un texto que incomoda al lector bienintencionado. Es como leer un Mein Kampf bajas calorías. Porque se trata de un instructivo para el fomento del embrutecimiento social. Un embrutecimiento social que será el insumo a partir del cual operar. Insumo que busca a la vez crear, esparcir y reproducir. Porque el “Arte de…” crea también subjetividades. Al caracterizar el sujeto a quien disparará su seducción electoral, a la vez está creándolo.

El “Arte de ganar…” describe al votante como un individuo que no se informa (y que le disgusta hacerlo), que no lee (y si es que lo hace cae en esos textos de sometimiento al status quo que son la “auto-ayuda”) y que no se interesa por analizar los asuntos públicos cuya complejidad no entiende ni le preocupa hacerlo. Pero que, a pesar de su actitud acrítica, es capaz de sentenciar opiniones con la enjundia que le da su pretensión de que él es el dueño de la verdad. Y esa pretensión se sostiene en dos pilares: el sentido común y el prejuicio.

Cuando el entrenador de un boxeador ve que al rival de su pupilo se le comienza a inflamar un arco superciliar, desde la esquina le grita a su discípulo “trabajale el ojo”. Es por el agravamiento de la hinchazón (jab y cross mediantes aviesamente dirigidos a esa zona) que al contendiente se le irá reduciendo su campo visual.. y todo estará decidido a favor de su pupilo. Eso es exactamente lo que el coach Durán Barba les ordena a sus pupilos de CAMBIEMOS. A los votantes hay que “trabajarles los prejuicios”.

3. Construyendo una base poco constructiva.

Es por ello que el votante emblemático que busca CAMBIEMOS es alguien que, a pesar de que supuestamente opta por un mensaje alegre y “no confrontativo” que le proponían sus candidatos, cuando se le pregunta por cuestiones políticas, comienza a mostrarse agresivo y henchido de invectivas y descalificaciones ofensivas. “Se robaron todo”. “Vagos”. “Kukas choriplaneros”. “Yegua ladrona”. Parece contradictorio, porque ese votante supuestamente eligió la propuesta de alegría despreocupada y afectuosa de sus candidatos. Terminar con “la grieta”. Pero no. Se trata de un individuo a quien le han trabajado profundamente sus prejuicios para que vote por lo que terminó votando. Para moldearlo a imagen y semejanza de “Doña Rosa” o del vecino porteño “Cacho”, esos estereotipos imaginarios de clase media que son prejuiciosos, egoístas, cívicamente apáticos y sin vocación de superación personal. Las únicas mejoras posibles se dan a través del consumo, por eso “Doña Rosa y “Cacho” ridiculizarán a los artistas, despreciarán a los científicos y se burlarán de los intelectuales. Son las subjetividades que Neustadt en los 90 y Duran Barba en la actualidad han creado cada uno en su tiempo.

Así van a la construcción del común denominador deseable para ser el receptor dócil de una acción mediática y propagandística que generaran permanentemente, inundándolo todo. Nótese que nunca le hablan al “pueblo”, que es un colectivo unido por religión, historia, mitos, luchas, tragedias, geografía y utopía común. Ni siquiera le hablan al ciudadano, donde la faz de un destino colectivo quedó en segundo plano, pero al menos se trata de un sujeto con derechos civiles, políticos, sociales principalmente, y culturales y ambientales también. Sigue existiendo en este sujeto una interacción constructiva con el semejante, así que no. Es demasiada sociabilidad, organización y discernimiento colectivo crítico para el sujeto que desean como receptor del mensaje de irresponsabilidad social que darán. Por eso, prefieren hablarle al “vecino”.

El “vecino” es un ser situacionado en un punto (ni siquiera territorio geográfico, institucional y político) de manera circunstancial y casi inerte para quien “el otro” las más de las veces es un problema. ¿Quién no tiene problemas con sus vecinos?. Con el vecino se comparte (muy a pesar de uno) un espacio que lo mejor sería que fuera individual…pero no se puede. Acá no hay historia ni derechos colectivos. Acá hay una situación espacial puntual y se acabó.

Lo que se dice un individuo jibarizado a su mínima expresión, la que no alcanza para calificar siquiera como ciudadana.

Un demandante de comodidades que no oferta luchas en pos de conquistas sociales.

El vecino “no le debe nada a nadie”.

Gran esfuerzo por la creación de un sujeto, ese “hombre común” (“Cacho” o “Doña Rosa”) que ellos caracterizan como un ente sin lealtades ideológicas, ni utopías ni sentido solidario. Su aspiración máxima, consumir. Así tratan de reducir a esa chatura al pueblo y ciudadanía.

Cuando se lee la construcción del sujeto votante que realiza Duran Barba en su obra, no puede uno evitar remitirse a dos autores rechazados (no sin razones atendibles) por la intelectualidad de vocación popular. Se trata de José Ingenieros y José Ortega y Gasset.

4. Los malditos Ingenieros y Ortega.

Antes que el lector de tendencia popular abandone estas líneas por la sola mención de estos pensadores elitistas, les pedimos algo de paciencia. Vamos directo al punto.

Ingenieros caracterizaba al hombre mediocre como alguien sin ningún mérito que se camuflaba en el anonimato haciendo uso de dogmas, sentido común y prejuicios que le mantenían oculto y a salvo en sociedad. Todo lo que sobresalía intentaba tumbarlo (diatriba de por medio) porque eso evidenciaría su propia medianía que no era tara, sino una forma segura de ser. No era agente de evolución de la sociedad, sino de conservación de todo lo establecido no por él sino por otros. En un sentido heideggeriano no hablaba, sino que era hablado. No opinaba. Repetía las opiniones que la mayoría aceptaba. Gustaba de los formalismos ya que estos le estructuraban y canalizaban sin riesgos su andar por la sociedad.

Por su parte Ortega y Gasset hablaba del hombre masa como un individuo que gozaba de los avances técnicos, crecimiento económico y de conquistas de derechos que le deparaba su tiempo, sin haber contribuido a ellos. Y concebía esas mejoras como un hecho espontaneo de la naturaleza, negando los talentos, esfuerzos y luchas de los otros que las hicieron posibles ayer para que él pueda disfrutarlas hoy. Se auto- posiciona como un acreedor de los goces de la sociedad y no como un co-obligado a los sacrificios para mantenerlos. Otro que “no le debe nada a nadie”. Niño mimado es la alegoría que usa para pintarlo, como alguien a quien se le ha eximido de padecer los peligros y las peleas (dadas por otros) que conllevaron el obtener esos frutos con los que él ahora se deleita plácidamente. Se ha acostumbrado a satisfacer sus apetitos por dignidades públicas e imponer sus pareceres prejuiciosos a toda la sociedad por el mero poder que le da el número masivo. Ortega y Gasset avanza respecto de Ingenieros en considerar al hombre masa no circunscripto a una clase social determinada, ni siquiera en el accionar aglomerado. Se puede ser rico, culto, actuar de manera individual y hacerlo como un hombre masa.

Ambos autores se interesan por el sentido común diferenciándolo del buen sentido. Sentido común sería el catecismo que obedecen por la mera costumbre el hombre mediocre y el hombre masa y estaría conformado por las proposiciones y procederes que la mayoría da a priori por correctos aún cuando no poseen experiencia concreta de que lo sean o no. Noción cercana al prejuicio como se ve, solo que este último tiene un origen no tanto por lo colectivo sino por lo tradicional. Sentido común puede ser entonces perfectamente un prejuicio extendido en la colectividad.

5. Nuestro yo idealista y nuestro yo mediocre: ¿a quién de ellos interpela Durán Barba?

Por nuestra parte pensamos que la mediocridad o la masificación no son calidades a las que los hombres quedan adscritos desde el nacimiento y que permanecen perennes a lo largo de su existencia. Como en el ying yang, todos tenemos en nuestro interior tendencias al idealismo y la superación, como también a la mediocridad y la masificación. Que estemos en este momento leyendo un artículo intentando entender estas cuestiones, evidencia un sentido de idealismo y superación. Pero en cinco minutos nos encontraremos a nosotros mismos opinando con la autoridad de un juez sentenciante sobre futbol, un deporte que apenas si hemos practicado (de manera opaca) y que como espectadores pasivos ni siquiera terminamos de entenderlo al día de hoy. Siendo una sola persona podemos tener nuestros costados idealistas y nuestros costados mediocres. ¿A cuál de esos costados interpela Durán Barba y sus pupilos de CAMBIEMOS en sus campañas?

Duran Barba sabe cómo excitar nuestro costado mediocre. Como incentivar, manipular, reproducir y cultivar lo peor de nuestros prejuicios irresponsables. Al quien repite “no le debo nada a nadie, todo lo logré con mi esfuerzo” resulta infructuoso explicarle que él pudo educarse gracias a la escuela gratuita. Escuela que fue costeada con el esfuerzo de toda la sociedad. Al que profiere “se embarazan para cobrar un plan” es inútil señalarles que el 79,3 por ciento de los beneficiados por la AUH no tienen más de dos hijos. Al que insiste con que “hay que bajar la edad de imputabilidad por los pibes chorros” no se logra nada con mostrarle que los delitos cometidos por menores son apenas un 4% de total. Al que se entusiasma con el “ahora si van a venir las inversiones”, es estéril indicarle que en el último año y medio a pesar de todas las ventajas abusivas que se le dio al capital extranjero, la inversión extranjera directa cayó en un 50%.

Para este adoctrinamiento efectivo en el prejuicio rencoroso y la intransigencia insolidaria, los propagandistas de la revolución de la alegría cuentan con varios aliados que hace muchos años que ya vienen pre-formateando nuestras conciencias. Durán Barba no arranca de cero. Veamos a algunos de estos aliados que ya han arado anteriormente la tierra para que en ella se pueda sembrar con éxito la mezquindad que hoy les da buenos resultados electorales a sus clientes.

6. Los aliados del cultivo de una mezquindad para que florezca un candidato mezquino.

Y acá les presentamos a dichos aliados.

Nuestra historia de país políticamente subordinado y económicamente dependiente de los centros mundiales de Poder. Este orden político y económico tuvo su correlato cultural en la tradición por la auto-denigración nacional, la negación de nuestra capacidad de invención técnica, el desprecio por el pensamiento autónomo, la exaltación de la figura del simple administrador (en las colonias no se inventa nada, solo se administra), la preferencia por los bienes importados, la exportación de materia prima como supremo objetivo nacional, la admiración boba de todo lo que es extranjero, los desvelos acerca de “como nos mira el mundo”, etcétera. El armado de un candidato de modos globalizados, amante de los clichés del primer mundo, es la vía para explotar este campo arado que ya dejó el neo-colonialismo.

Nuestra propensión como clase media a la tilinguería. Como describió Arturo Jauretche (código criollo de pensamiento gramsciano) se trata de esa tendencia de los sectores medios de imitar la moda, pareceres, consumo, prejuicios y otros comportamientos de las clases dominantes. Aún cuando tal patrón cultural de la clase alta imitada funcione perjudicialmente para la clase media imitadora. Un candidato que ostente su condición de empresario oligopólico (no por su esfuerzo o creatividad tecnológica, si por ser heredero de una fortuna que su padre amasó al calor de prebendas estatales) y que además exhibe impúdicamente el ocio esnob que su riqueza le permite disfrutar, no generará el rechazo sino paradójicamente la admiración de quienes solo pueden vivir del magro producto de su trabajo asalariado.

Nuestra experiencia de vivir en sociedades estratificadas, verticalmente segmentadas y desiguales. Las propuestas igualitarias nos ocasionan escepticismo. Y como el influjo cultural de los que están en arriba (merced a sus recursos materiales) chorrea permanentemente sobre los que estamos abajo, terminamos por acostumbrarnos y adoptar sus valores, e intereses como los justos ordenadores de la sociedad. Si está arriba es porque merece estarlo, y el que está abajo mío no se merece estar donde estoy yo. Algo que nos impulsa a ser sumisos con los que mandan y crueles con los que están un escalón abajo. Esta conjunción de sumisión-crueldad nos hace sentir seguros, ya que si empezamos a cuestionarnos porque mandan los que mandan, empezamos a correr riesgos. De manera análoga, seremos temerosos de los que están un poco más debajo que nosotros. No vaya a ser cosa que se les ocurra ponerse a la par nuestra. Plantearse estas preguntas implica cuestionar todo el orden social en el que hemos crecido. Y eso es algo que asusta. Un candidato de la clase rica, será visto como poseedor del derecho natural de mandar. Y si su discurso es clasista, es probable que tengamos que sacrificarnos más porque estamos debajo de él. Pero a cambio, tendremos la seguridad de que los que están más abajo aún que nosotros, no se nos pondrán a la par.

Nuestra vida en la época del postmodernismo. Es la era de la muerte de los grandes relatos, la caída de las ideologías, del fenecimiento de las utopías. La edad del hombre como sujeto “adelgazado” de la historia que cede su centralidad a redes impersonales. La de la transculturalidad que difumina identidades nacionales. En nuestra opinión el postmodernismo se trata del enmascaramiento sutil de lo que es en realidad un único y gran relato que pretende hegemonizarlo todo: el del mercado globalizador. En él el hombre se reduce a un ente estandarizado donde el trabajo quedó reducido no al despliegue de su fuerza creadora (y de su forma de organizarse en sociedad) sino a un medio por el que forzosamente tendrá que pasar para obtener el sustento necesario que le permita llegar a su fin superior: consumir. Un candidato que enarbole el culto al mercado junto con las (imposibles) apoliticidad y des-ideologización encastra de maravillas en este escenario.

Nuestra organización social en torno al mercado. El mercado es el que asigna los recursos en la sociedad. Nuestras necesidades materiales las satisfacemos adquiriendo mercancías ( la comida o el servicio de una prepaga lo son) pagando a cambio con dinero (otra mercancía) que obtuvimos vendiendo nuestra fuerza de trabajo (que quedó de esta manera convertida en una mercancía más). En ese mercado se crean necesidades (la moda de usar una determinada marca de ropa cara es una necesidad creada), necesidades que son múltiples, vacías y segmentadas tratando de captar a todos los consumidores posibles diversos. Se crea la ilusión que elegirán entre distintos productos, lo que justifica los desiguales precios . El concepto de comercialización de “agregado de valor intangible y diferenciación por calidad” tiene que ver con esto. Un candidato surgido del ámbito de los negocios capitalistas, estará habituado a estas lógicas. Y usándolas, conseguirá crear con éxito necesidades abstractas (“el cambio”) y erigirse a sí mismo como el artículo de moda para satisfacer esa necesidad. Logrará así implantar de la nada el consumo masivo de su propuesta insustancial.

Nuestra situación actual que todavía no alcanzó la zozobra económica general. En los 90, eso recién llegó en diciembre del 2001. Hoy, aunque ese destino avanza a paso firme, no nos ha alcanzado a todos aun. Así que es el ámbito propicio para el afincamiento de una mediocracia. En épocas de crisis, sobresalen los liderazgos decididos, apasionados, valientes y combativos para la defensa de lo que está en riesgo de perderse, o la conquista de lo que debe ganarse para sobrevivir. Pero cuando las aguas se aquietan, la mediocridad que ostenten quienes pretendan conducir hasta puede ser un activo. Y de hecho. lo es frente a ese elector que ha naturalizado la relativa quietud en la que vive y que le disgusta ser avasallado en espíritu e intelecto por quien le conduce. Un candidato que se muestre no como un estadista aguerrido sino como un tipo simplote de medianas luces, que comete furcios, confunde fechas y demuestra pocas lecturas, es alguien que se parece a “Cacho” y “Doña Rosa”. Por ende, corre con las de ganar en este contexto.

Nuestra inmersión en un capitalismo que además ha generado y puesto bajo su dirección a la revolución informático comunicacional. Ortega y Gasset hablaba del culto a la imagen y lo estético (relacionado a la juventud) por sobre la experiencia y la sabiduría (relacionado con la madurez). Indicios de esto era la actitud de los adultos del año 1930 queriendo aparentar menos edad de la que tenían, y del auge del cinematógrafo como medio comunicacional. Si Ortega hubiera vivido en la actualidad para ver internet, los teléfonos inteligentes, las redes sociales que privilegian la imagen y la televisión, la televisión…que hubiera dicho? El capitalismo propala la cultura egoísta del consumo del bien finalizado, que no del trabajo para obtener ese bien. No mientan. No quieren cultura del trabajo, sino la del consumo. Y el capitalismo se sirve de los medios masivos para promover esa conducta consumista irreflexiva de la inmediatez, con una saturación de imágenes que se dedican a estimular lo sensorial y el arrebato emocional en desmedro de la explicación racional. Así se promociona con sonrisas de modelos que desbordan belleza y juventud, la dicha de endeudarse en un banco o de ir a un casino a tirar el sueldo. Un candidato con un equipo de gente con cuerpos que aparentan menos edad de la que tienen, que se muestran risueños y apelan al egoísmo alegre para pedir el voto evitando explicitar un programa de gobierno lleno de contraindicaciones para la inmensa mayoría de los electores…pica en punta y va a favor de la corriente en la sociedad del consumo compulsivo.

7. Las respuestas populares a la política del marketing.

Cuando justificaba la democracia como sistema, Joseph Alois Schumpeter elaboró la tesis de la democracia competitiva. Según esta, los políticos en el gobierno ponían sus énfasis en hacer una buena gestión (mejorar la calidad de vida de la ciudadanía) de manera que los ciudadanos los elijan nuevamente. Al contrario, quienes no realizaran una buena gestión, serían superados por la “competencia” (los políticos opositores) que encarnaban un “producto político” más competitivo. La democracia electiva tenía similitudes con el mercado y sus mecanismos de oferta demanda.

Las relación entre las lógicas del mercado y la democracia competitiva han sido bien entendidas por Durán Barba y sus seguidores. En el mercado, se puede separar la utilidad del producto con la necesidad que sentirá el consumidor de comprarlo. Así, se puede lanzar un artículo al mercado que tendrá demanda masiva. Demanda masiva que se explica por el encanto estilo que creen que obtendrán si compran este artículo. Un artículo que en la realidad les causa deterioro de la capacidad aeróbica y riesgo de enfermedad terminal. ¿Qué son sino los cigarrillos?

Pero el neoliberalismo no tiene la obligación de llevar una etiqueta que advierta de que es perjudicial para la salud.

Con esto, el neoliberalismo, proyecto político que se estructura económica y culturalmente, ha logrado exitosamente disociar la calidad de la gestión con el desempeño electoral. El segundo no depende de la primera. Duran Barba le dio la orden a sus alumnos “en campaña eviten los temas económicos ya que allí nada bueno para mostrar”. Y así se hizo. Y todos compraron los cigarrillos.

Claro que esto tiene patas cortas. Más temprano que tarde sentiremos el efecto del tabaco en nuestros pulmones y el cuerpo. Allí está el límite del modelo extractivo que es el neoliberalismo en un país periférico. La pregunta no es si sucederá. La pregunta es cuando.

Entendemos al populismo latinoamericano en el correcto sentido. Como la propuesta por un Estado que intervenga fuertemente en calidad de defensor de los intereses de los sectores populares, con el fin de lograr la Justicia Social. Nada tiene que ver esto con el peyorativo alcance que pretende dársele, asimilándolo a la demagogia. La demagogia es una práctica más emparentada con la Derecha que con los populismos. Por ejemplo, la campaña de los aprendices de Durán Barba es esencialmente demagógica.

Desde esta visión virtuosa de populismo, tenemos que asumir lo siguiente. Similar a lo que explicaba Marx respecto a que las burguesías al acrecentar el proletariado generaban los verdugos que en el futuro acabarían con ella (dialéctica hegeliana que no encontró correlato en la realidad), los populismos al promover el acrecentamiento de las clases medias, generan el sujeto que (expuesto al bombardeo cultural que explicitáramos arriba) terminará votando en contra de él. Si bien es cierto que, dentro de los parámetros del capitalismo, es a través de la promoción del consumo que se obtiene un aumento de la calidad de vida de los sectores populares, debemos tener en cuenta que la expansión del acceso a bienes no será interpretada por su beneficiario como una conquista social producto de políticas públicas inclusivas. Por el contrario, le estimulará sus rasgos egoístas y excluyentes (“esto es producto de mi esfuerzo”). Puede pasar.

Y pasa porque la Derecha al fomentar (a través de artimañas comunicacionales) la despolitización, consigue justamente truncar el desarrollo de la ciudadanía. En otras palabras, oblitera el ascenso del habitante-consumidor al status pleno de ciudadano-integrante del pueblo. Lo condena a una perpetua adolescencia moral e intelectual que portará por siempre a pesar de ser etariamente un adulto.

La Derecha extractiva latinoamericana gusta de hacer trampa. Declarase institucionalista (porque formateó la mayoría de las instituciones que regulan nuestra vida social) pero pisotea a mansalva cuanto contrato social o pacto colectivo exista si no es de su provecho.

Quedará ver cuánto durarán los efectos narcóticos de seguir infantilizando con modas y globos de colores a la población al momento que se empiecen sentir los efectos de la transferencia de riquezas de las mayorías que viven del trabajo en favor de las minorías que viven del gran capital. Algo que la Derecha (que lleva también ventaja en el lenguaje) llama “ajuste” impersonalmente, sin hablar de que hay ajustadores y ajustados.

Como se dijo arriba, una base de votos habidos en el caldo del odio azuzado y la frivolidad de “cambiar” como el tele-espectador que hace zapping y se aburrió de lo que veía aun sin atenderlo ni entenderlo (total coherencia con la video-política) es muy inestable.

Dado nuestro sentido de responsabilidad colectiva no podemos imitar los comportamientos destituyentes que caracterizan a la Derecha que, por ser minoritaria estructuralmente, hace uso todo mecanismo ladino para desestabilizar. Nuestro desafío es más complejo que estas artimañas letales para el pueblo. Acá se trata de defender con la Constitución en la mano y la militancia en la calle que no se vuelvan pulverizar las conquistas de Derechos, ni se regale el patrimonio nacional para lisonjear a patrones del Norte que sin demasiado esfuerzo ni interés, se han topado con este regalo sorpresivo que le hemos hecho. El del desplome en cadena de los gobiernos populares de la América del Sur.

Debemos garantizar que impediremos las tropelías a las que históricamente nos tienen acostumbrados y, a la vez, evitar que la Derecha extractiva por su propia voracidad caiga de manera abrupta arrastrando tras de sí a toda la sociedad.

Casi que los tenemos que cuidar de ellos mismos.

8. Y sin embargo, nuestra esperanza en la causa de los pueblos está intacta.

Nuestra vocación por la causa de los pueblos ha hecho que en la historia seamos contra-cultura. Que nuestro discurso sea contra-hegemónico. Que nos sintamos aislados cuando expresamos lo que pensamos. Que los medios de comunicación nos patoteen a diario. Y que el sentido común masificado nos castigue a cada minuto. Esto lo hemos padecido desde siempre. Antes por simpatizar con las políticas de “el peludo”. Luego, las del “tirano prófugo”. Hoy por las de “la yegua”. Todos ellos encarnación del mal y la corrupción, cada uno en su tiempo, según ese vulgo que paradójicamente se benefició de sus medidas. Esta elección no es un situación nueva. Y alegrémonos. Comparada con las anteriores, es mucho más positiva.

La militancia territorial (que es mucho más que fraguar un timbrazo, sacarte una selfie paras las redes y no volver nunca) debe ser recuperada. La militancia territorial implica una presencia no virtual sino real. Implica la comprensión del territorio no como espacio el geográfico del barrio o la villa, sino como la cultura, como las redes de solidaridad, como los sueños y las aspiraciones de quienes viven allí. No como los apetitos individuales por la desarticulación. Si como el proyecto colectivo de la construcción.

El territorio no es un espacio. Es un todo. No es estar en el barrio o la villa. Es ser en el barrio y en la villa. Si se logra esta consciencia identitaria y solidaria, el mensaje vacuo, vacio y homogenizante por arriba de la propaganda frívola, perderá. Perderá la televisión y su brutal potencia de hoy para alienar a los excluidos.

Debemos entender que la construcción política excede con mucho a la gestión administrativa desde el Estado. Por ello, la causa de los pueblos, tiene que capilarizarse en todos los ámbitos de la vida social.

Y es que fue poco lo que hizo por la formación de estructuras militantes cualificadas que actúen en red. Y no es contradicción hablar de estructuras y de red. El Poder es siempre central y estructural, no nos engañemos por las fintas del postmodernismo. También fue poco lo realizado por la formación de cuadros comunicacionales en plena era de las comunicaciones. En la era de las comunicaciones, la causa de los pueblos no tiene cuadros que puedan salir a disputar sentido en el terreno. Un multimedios que disponga del cuádruple play de manera monopólica, puede arrasar los territorios con sus falacias si en ellos no hay diques que se les resistan.

Cuando el militante popular escucha repetir las falacias inducidas por los multimedios como “se robaron todo”, tiende a reaccionar al instante. Y lo hace con una catarata de datos estadísticos y argumentaciones lógicas que destruyen el edificio conceptual del repetidor de la falacia. El resultado: dado que se ha herido el ego del repetidor, este quedara más convencido que nunca de las mentiras que repite. Y las seguirá repitiendo con más ganas. Cerrándose absolutamente en las falsedades que le han inculcado. La avalancha lógico-empírica no es la vía entonces para convencerle.

La postverdad es la era donde el sofista goza de las herramientas de la revolución informático comunicacional para expandir sus falacias. Y aprovechándose de los prejuicios, imponerlas como sentido común. Contradecir el sentido común es como insultar la fe. ¿Qué hacer entonces?

Como para las novedades están siempre los antiguos griegos, la respuesta debe ser socrática: mayéutica. Sócrates debatía contra los sofismas (sentencias en apariencia verdaderas pero sustancialmente falsas) de su tiempo usando la mayéutica, que es el método de dialogo que no afirma, sino que busca hacer preguntas inteligentes para que el interlocutor descubra por sí mismo la verdad. Y este trabajo de deconstrucción de los bloques de prejuicios y de sentido común que han sido edificados por largos años e impuestos a la población a través de la cultura moldeada a imagen y semejanza de lo que quieren los poderosos, debe ser un trabajo paciente. No esperemos que el repetidor del sofisma y la falacia se convenza en el acto de que está incurriendo en un error. Basta con que pierda (aunque sea un poco) el miedo a dudar de la certidumbre de lo que “se dice”. Que pierda el miedo a pensar por sí mismo. Si se logra esto, el progreso que se habrá hecho será inconmensurable. Más en la era de los 140 caracteres del twitter como texto de máxima extensión posible.

Una cosa es una agrupación de militantes y ciudadanos encolumnados detrás de un proyecto. Otra muy diferente es una suma coyuntural de individuos movidos por rechazos diversos, odios inoculados, miedos excitados, prejuicios inculcados, resignación a la sumisión y pánico a la libertad. Además de la moda de la chabacanería etiquetada como glamur.
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La adhesiones que logra la Alianza Cambiemos es apelando a esa suma coyuntural de sometimientos, diatribas y recelos . El proyecto de vaciamiento trazado por una minoría, a la que las mayorías se le subordinan no por libre convicción, sino por esclavista manipulación. Pero la base material de este programa tiene destino de estallido social. La insostenibilidad económica es la marca de origen de este plan. Una base muy endeble para considerar que, el neoliberalismo de Cambiemos, ya ha construido una hegemonía indestructible.

Tenemos que trabajar en que esta mentira tenga las patas más cortas posibles.

En la postverdad se quiere imponer la tesis de la avasallante victoria del oficialismo. Pero han sido batidos en el principal distrito del país (el que define la suerte de las presidenciales futuras) por su archi-enemiga. La que no contaba con recursos materiales, mientras que el oficialismo le tiró con todos los medios de comunicación encima. Y con la corporación judicial. Y con los grupos económicos. Y con el Estado nacional, provincial y capitalino. Y ni haciéndole trampa en el escrutinio, pudieron ganarle. No sabemos de que avasallante victoria nos hablan.

En el Orden Nacional, el alfonsinismo, el menemismo y el kirchnerismo cuando se iniciaron como ciclos, obtuvieron todos más del 40% de las adhesiones en su primer test electoral de medio tiempo. El oficialismo actual, solo ha logrado un 33%. Y con esto se pretenden poseedores de un cheque en blanco firmado por la ciudadanía para hacer los que les venga en gana. Insistimos que no entendemos de que avasallante victoria nos hablan.

Mientras se escriben estas líneas, no se ve en las calles la esperanza de quienes se creen ganadores. Solo la actitud adolescente de la burla, la revancha y la descarga de responsabilidades de lo malo en el otro. Tal la construcción, tal el producto.

Al menos una promesa ha cumplido el oficialismo: el cambio. Si. El campo popular ha cambiado. Ha enriquecido el debate. Ha provocado una autocrítica. Ha sumado a su causa activamente al colectivo de artistas, científicos y de intelectuales. Si. Ha habido un cambio. Sobre todo en lo que hace a una comprensión íntima de lo que se está defendiendo. Y la convicción de que debe defenderse mejor. Con el mismo coraje… pero con más formación técnica y mayor organización táctica. Si. El campo popular ha cambiado. Y para bien.

javier ortega
Doctor en Derecho Público y Economía de Gobierno. Docente Universidad Nacional de Avellaneda

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Redacción de El Siglo Web - Independencia en casa - AÑO 2017

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