El evangelio del dia

El evangelio del dia

  15 Jul 2021  

Evangelio (Mt 11,28-30)

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.

 


Comentario

La Sagrada Escritura habla a menudo de la vida en términos de peregrinación: caminamos, personalmente y como pueblo, hacia un descanso del que no podemos disfrutar aquí plenamente. Sin embargo, quien nos procurará ese descanso, Cristo, camina con nosotros; es más, camina “en nosotros”, y por eso el descanso ya es posible mientras peregrinamos, aunque no lo podamos experimentar en plenitud. La clave está en darnos cuenta de la presencia de Jesús en nuestros corazones y en ponernos en sus manos: en caminar en diálogo con él, compartiendo con él todos nuestros deseos y afanes.

Poco antes de las palabras que leemos en el evangelio de la misa de hoy, Jesús ha hablado de la necesidad de buenos pastores que vayan a trabajar a la abundante mies (Mt 9,35-38); ha elegido a los Doce Apóstoles y les ha dado instrucciones para la misión (Mt 10,1-42); ha hablado de la actitud de aquellos a los que se predica el evangelio (Mt 11,1-24); y ha entonado una preciosa acción de gracias al Padre por haber querido revelar cosas tan grandes a los pequeños (Mt 11,25-27). No solo produce cansancio y agobio el normal peregrinar de la vida, sino que a eso hemos de añadir el producido por la misión. Aunque, de hecho, toda nuestra vida cristiana es misión: no son dos cosas que se puedan separar.

El cansancio y el agobio también pueden venir por la falta de escucha de aquellos a los que hemos sido enviados. Cristo nos ayuda a dar sentido a ese cansancio (cfr. Col 1,24). Y a realizar la misión de llevar el evangelio y hacerlo vida propia con rectitud de intención. No hablamos de Dios tan solo a los que sabemos que van a responder. Dios, al enviar a Jeremías y Ezequiel, les dijo que muchos no los escucharán, pero que nadie podría ya decir que no había habido un profeta entre ellos (Jr 7,27; Ez 2,5).

Cristo nos dejó con su vida unas huellas para seguir (1P 2,21) y, al hacerlo, ha dado sentido a nuestros cansancios: él caminó y camina entre nosotros, con su corazón manso y humilde, como buen pastor que no se cansa de buscar y cuidar a sus ovejas. Con su corazón, el peso de la vida, sin dejar de ser peso, se lleva de otra forma. Así lo expresaba San Pablo: “estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros” (Rm 8,18).

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